EL RECREO
El timbre rompe el aire. ¡Ya era hora!
Disparas tu esqueleto,
que salta de la silla como un muelle.
De nada vale el gesto
de quien trata sin compasión tu mente,
con impiedad tu cuerpo,
con frases o ecuaciones, o vocablos
de los bárbaros fieros,
que no hay un dios que entienda lo que hablan
en tan extraño léxico.
El timbre rompe el aire. ¡Ya era hora!
¡Que estabas medio muerto!
¡A ver si, con más suerte, esta mañana
la ves en el recreo,
compartes coca-cola
y a tu esplín arrinconas beso a beso!
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Joaquín Copeiro
Como enjambre de abejas encendidas
zumba el despertador.
De un manotazo duro
acallas su estridencia:
es temprano, de noche todavía.
La vieja te reclama
al otro lado de la puerta negra.
«¿Qué quieres? ¡Ya lo sé, ya me levanto!
¿Las clases? ¡Qué más da! ¡Por una menos...!».
Apuntes en papel cuadriculado,
una mochila al hombro
y un bolígrafo bic azul mordido.
¿Los libros? Son palomas mensajeras,
y a ti ya no te gustan
los pájaros.
«¡Que no huelo tan mal!
¡Tú déjame tranquilo, con mis cosas!
¡Ya desayunaré cuando me plazca!
Día tras día con la misma cantinela:
monsergas de ese afán de poseerme».
Se escapa tu autobús. De nuevo a pie.
Llegarás tarde, como casi siempre.
Un pitillo escondido, en las letrinas,
con Elena quizá,
o con Marisa,
o Alberto en ocasiones.
Y luego, la miseria de las horas
como un cadáver gris, sin horizontes,
perdido.
Joaquín Copeiro
EL EXAMEN
Páramo el folio,
y hormigas revolcándose en la fiebre.
La sangre se enceniza bajo el tipp-ex.
¡Nieve, no hay más que nieve
y blanco por doquier!
Y tú miras la nube, el agua verde,
viviendo la promesa del vacío
y el nudo que te hiere,
con crueldad, la tripa y la garganta:
¡la misma sensación de angustia siempre!
Y allá, al fondo, las manos a la espalda,
rotulador de sangre, suficiente,
capaz de abrirte en dos y en carne viva
el sueño de los viernes.
«¡Rómpeme ya el vaquero,
que la quietud del corazón me duele!».
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Joaquín Copeiro






















