I.E.S. "MARÍA PACHECO" de Toledo

 
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El banco del fondo

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      —¡El banco del fondo, a la calle!

Ni cortos ni perezosos, Rufo, El Bargas, Casillas y Venancio se pusieron en pie, giraron ciento ochenta grados sobre sí mismos, agarraron el banco en que se sentaban y enfilaron con él hacia la puerta del aula. La carcajada fue general; el profesor, colérico, apretó los dientes y la sangre le asaltó las mejillas. Cuando la risa amainó, la mirada de don Enrique sobrevoló enfurruñada nuestras cabezas. Luego me contaría Bermejo de qué manera llegó a removerles el flequillo a los de la primera fila el resoplido bufo de don Enrique.

Sin embargo, con ser notable la referida anécdota, no fue ésa la razón de que aquella jornada se grabara indeleblemente en nuestras cabezas. Y digo nuestras, porque siempre que coincidimos algunos de los colegas de aquel inolvidable 6º de Bachillerato, otorgamos el sobresaliente, con unánime complicidad, a la clase de Literatura. Doña Elena, la profesora, era una mujer de mediana edad, delgada como un faquir y no muy agraciada, porque a sus cariados incisivos –que no en balde la apodábamos, en aplicación de una etimología arbitraria y macarrónica, La Cariátide– añadía un trasero respingón que le desacompasaba los andares. No obstante, tenía una voz que cautivaba, sobre todo cuando ella sola, y a pelo, nos leía textos de Lope de Vega o de Calderón de la Barca; jamás olvidaré su manera de recitar el madrigal de Gutierre de Cetina, aquel de «Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar...»: el día en que se lo oí, decidí caligrafiarlo, meterlo en un sobre y mandárselo a Maguigós, la de PREU –o sea, María Rosa, pero ella misma apocopaba su nombre, lo aglutinaba y le gabacheaba las erres por culpa de un descomunal frenillo que le afeaba el habla; así es que, por remedo nuestro, en Maguigós se quedó–, que nos privaba a todos, de lo buena que estaba, pero a la que, también hay que decirlo, sólo consiguió ligársela Pepín Arellano, el hijo del Director. ¡El muy jodío, qué bien supo sacarle partido al cargo de su padre!

Aquel día era viernes, y por la tarde, que entonces las clases se morían con la luz amarillenta de las viejas lámparas de latón, mientras las calles se apenumbraban tras los grandes ventanales que daban al parque. La Cariátide acostumbraba a preguntar cada día, y lo hacía siguiendo el orden de lista. Ella no nos exigía, como otros profesores, que subiéramos a la tarima a recitar de memorieta la lección, no. Ella nos permitía, magnánima, que contestáramos desde nuestros asientos, atrincherados tras el compañero de delante y mirando por el rabillo del ojo la chuleta que ocultábamos con su espalda. Yo siempre he pensado que La Cariátide conocía de sobra nuestras artimañas, pero quería ejercitarnos así en la expresión oral. Y eso, lo de fijarse, lo hacíamos todos, empezando por Pepín, que copiaba hasta en los exámenes de su padre, Director, como ya he dicho, y profesor de Filosofía: ¡el bueno de don Ernesto nos preguntaba temas enteros, temas que quien más quien menos llevaba fusilados en folios con membrete del Instituto, y que al final cambiaba por los folios garabateados de ignorancia! Recuerdo haberlo visto enfadado sólo una vez. Era martes y al otro lado de las ventanas una luz mortecina y triste de invierno agobiaba la caída del día. Don Ernesto llegó mascullando improperios y aflojándose el nudo de la corbata.

—¿Se encuentra mal, don Ernesto? –le preguntó Dieguito Márquez.

—¿Qué le pasa, señor Director? –insistió El Bargas, en la seguridad de que don Ernesto encajaría el interrogatorio.

—¿Que qué me pasa, que qué me pasa? ¡Qué me va a pasar! ¡Que algún desvergonzado se ha atrevido a colocar encima de los inodoros de los señores profesores este papel –y enarbolaba un folio con algo escrito que, desde este lado de la tarima, parecía un poema–! ¡Y lo peor, lo que más me indigna, es que tengo la certeza de que el autor del anónimo no se encuentra entre vosotros, porque, por desgracia, debe de haber sido todo un señor profesor! –y las tres oes sonaban con la solemnidad de un órgano catedralicio.

Como era de esperar, durante el resto de la clase, aquel papel de ignoto contenido concitaría toda nuestra atención, no sólo por la lógica curiosidad suscitada por un escrito capaz de sulfurar en tal medida al mismísimo Director, sino también por la decisión de volver a colocarlo en su lugar de destino para, de esa manera, sembrar el desconcierto en las filas enemigas. Así es que cuando, al salir don Ernesto y sin que él se percatara, el folio se descolgó de entre sus cosas y aterrizó a los pies de su propio hijo Pepín Arellano, lanzamos sobre Pepín torvas miradas, conquistamos así su cómplice silencio y al día siguiente, a primera hora, armados con varias copias del cuerpo del delito, en un descuido de los bedeles, las pinchamos en las puertas de los excusados profesorales, donde quedaron rezando lo que sigue:

 

Si orinas o defecas, profe amigo,

en esta fría taza inmaculada,

procura que tu huella delicada

no pugne con mi culo ni mi ombligo.

 

¡Tira de la cadena...! Y que tu hormigo

se pierda, ¡vive Dios!, por la bajada,

y haz uso de la escoba arrinconada,

que no quede de tu alma vil testigo.

 

¡Pues no está bien que un profe reputado,

educador de espíritus y mentes,

se digne no poner el mismo esmero

 

que en las aulas exige al arguellado

en camuflar los flecos pestilentes

de su cuerpo serrano y postinero!

 

¡Pero, bueno, que me voy, pero que me voy que me voy! Vamos a ver, estaba yo recordando la clase de La Cariátide, aquella en que nos iba a preguntar sobre la literatura italiana en los siglos XIII y XIV. Y decía que todos respondíamos con la ayuda de chuletas. Bueno, todos excepto El Bargas, que era incapaz de colocar dos palabras seguidas si no las había memorizado antes de pe a pa –¡por cierto, y dicho sea de paso, que luego lo he oído en alguna que otra tertulia radiofónica interviniendo como veterinario a propósito de la peste inglesa y no lo hace del todo mal¡–, y que, cuando preveía que le iban a preguntar, se aprendía hasta los números de las páginas. Así, aquella tarde, La Cariátide le dijo que le hablara de Boccaccio y El Bargas entonces le endilgó de carrerilla incluso la letra chica en la que se afirmaba que a Boccaccio, en El Decamerón, «todo le sirve y todo lo cuenta con gracia y donaire, aunque en ocasiones la sátira contra clérigos y religiosos aparezca un poco sobrecargada y tampoco se pare demasiado en los límites de lo honesto». Yo y cuantos allí estábamos podemos dar fe de ello, porque como quiera que el susodicho rematara la intervención con un retintín de intención escamante y como quiera que La Cariátide reaccionara con insólita ira, todos nos aprendimos, en los días sucesivos, el famoso parrafito, ¡y hasta hoy! ¿Que y qué hizo la profesora? Pues se levantó, le gritó a El Bargas que se sentara y nos contó, con una voz que le subía desde los talones, que el italiano se avergonzó luego de su obra, renegó de ella y estuvo a punto de quemarla por inmoral.

—¡Conque apunten, niños –repárese en el trata­miento–, al lado de Decamerón: «Prohibida su lectura bajo pena de excomunión».

Naturalmente que obedecimos la indicación de nuestra profesora, y naturalmente también que nos propusimos conseguir cuanto antes tan peligrosa joya literaria.

Esta anécdota me lleva siempre a recordar –curiosos los recuerdos, que se encadenan unos a otros sin voluntad que los  encarrile– otras dos antológicas llamadas a pie de página: una, la que nos hizo incluir don Ernesto a propósito del evolucionismo de Darwin, teoría que el libro de texto despachaba diciendo que según el antropólogo alemán el hombre viene del mono: «(1) A este señor hay que responderle que mono lo será su padre»; otra, la que aparecía en una página del libro de Matemáticas y que, refiriéndose a una demostración trigonométrica, advertía sin pudor: «(*) Sólo para alumnos muy inteligentes»; Montoro, el de mi derecha, añadió con toda su mala leche: «¡será gilipollas!».

Ese fin de semana, un comando especial formado por Montoro, Casillas, Pimentel, Nico y el que suscribe –a Pepín decidimos excluirlo por si se chivaba a su padre– se propuso hacerse con El Decamerón de Boccaccio. El padre de Pimentel era abogado y de su pequeña biblioteca procedía el ejemplar que, camuflado bajo un forro de ABC, nos reunió en la mañana del domingo, a la salida de misa de doce, en torno a unos vermusitos de los de a granel y a un platito de boquerones en vinagre que nos sirvió Vicente en El Hispano. El libro era tan grueso y con la letra tan chica –o sea, de los que patidifusan, como diría el de Gimnasia–, que a corto plazo resultaba inabordable. Por otra parte, la urgencia un tanto enfermiza que nos empujaba a situarnos fuera de la Iglesia –ya nos había advertido doña Elena de que la excomunión se cernía sobre nuestras cabezas como espada de Damocles– aturullaba nuestra voracidad lectora. No nos quedó otra, pues, que recurrir al azar, y fue Nico quien hojeó el libro como si se tratara de una baraja de naipes, quien sopló sobre sus hojas, quien encajó entre dos de ellas un dedo con la uña ennegrecida por el pecado, y ¡ale hop!: página 764, Jornada séptima, Novela segunda: «Peronella mete a un amante suyo en un tonel al volver su marido a casa; y como el marido lo había vendido, ella dice que se lo ha vendido a uno que está dentro para ver si le parece firme; y saliendo éste se lo hace raspar al marido y llevárselo luego a su casa».

Aquel domingo de gloria, leímos y releímos el cuento, y nos detuvimos en algunos de sus párrafos para desfogar nuestra acalorada imaginación. Luego, unánimemente decidimos hacer una copia y remitírsela, como un regalo de Navidad de Los Excomulgados, S.A., a La Cariátide: yo me encargué gozoso, y para mi desgracia como se verá, de llevar a cabo el plan.

Durante las primeras semanas del nuevo año, las clases de doña Elena estuvieron un poco más tensas que de costumbre. Cuando preguntaba la lección, no seguía el orden de la lista, con lo que nos obligaba a estudiar todos los días, so pena de que nos endosara un cero con todas las de la ley y nos cerrara la posibilidad de presentarnos a la reválida; y además, ahora nos hacía subir a la tarima. El pobre Bargas lo pasó mal hasta final de curso y yo..., ¡mejor olvidarlo! Ahora, eso sí, la historia de Peronella y aquella forma tan peculiar que tuvo de engañar en sus propias narices al ingenuo de su marido no me abandonaron en ninguna de las clases restantes de Literatura; antes al contrario, que cuando La Cariátide nos prohibía rigurosamente los autos Séptimo, Octavo y Noveno de La Celestina, Peronella más, y cuando nos ponía en guardia contra los poemas sicalípticos –nos mirábamos unos a otros ante tamaña palabreja– de Quevedo, Peronella más, y cuando nos prevenía frente a algunos excesos de los románticos –¡ay aquel «me agradan las queridas/ tendidas en los lechos/ sin chales en los pechos/ y flojo el cinturón» habitualmente atribuido a Espronceda y que Venancio nos recitaba en el recreo, porque se lo había enseñado un primo hermano de su padre, donjuán solterón y libertino que habitaba un apartamento de la madrileña plaza de España–, Peronella más, y cuando dejaba sin finalizar la famosa Sonatina de Rubén Darío, en cuya última estrofa un hada madrina anuncia a la triste princesa que un feliz caballero se encamina hacia ella «a encenderte los labios con su beso de amor», Peronella más, y así hasta junio. Pero –y de esto aún hoy, y a pesar de mis estudios de Psicología clínica, sigo sin comprender la razón– cuando Peronella me sobrevenía hasta sorberme los sesos, era mientras me esforzaba como un titán en aprenderme de memoria el famoso epigrama de Nicolás Fernández de Moratín, en colisión directa con la literalidad de su título: Saber sin estudiar. Porque donde el poeta escribió «admiróse un portugués», yo añadía «de lo buena que estaba Peronella»; donde decía «de ver que en su tierna infancia/ todos los niños de Francia/ supiesen hablar francés», yo de nuevo añadía «y el marido de Peronella en el tonel»; donde continuaba con «arte diabólico es,/ dijo, torciendo el mostacho», yo otra vez añadía «que Peronella te pone el gorro desde fuera del tonel, por cuclillo y calzonazos»; donde se lamentaba con «que para hablar en gabacho,/ un hidalgo en Portugal/ llega a viejo, y lo habla mal», yo añadía una vez más «y tú, gurrumino, raspando dentro mientras la hermosa Peronella y su amante se rascan fuera más y más»; y donde finalmente concluía «y aquí lo parla un muchacho», yo remataba «y tú, incauto marido de Peronella, cornudo de arriba abajo».

    Es verdad que me aprendí el epigrama y se lo recité apasionadamente a La Cariátide pensando en Peronella, y a Maguigós pensando en La Cariátide, que, ¡maldito lío!, la libido se me había entreverado de literatura, la métrica de erotismo y todo me abocaba a hincar la testuz ante el desdén de la bella preuniversitaria, la cual, además de aprobar, o a cambio de, se largaría para todo el verano con Pepín Arellano. Pero cuando pasados los exámenes finales de junio llegó a mi casa el sobre con las calificaciones, mi padre me enseñó una nota manuscrita de la propia doña Elena, que sin duda reconoció mi letra en la copia del relato, y con el visto bueno de don Ernesto Arellano, y que rezaba lapidaria: EXCOMULGADO SIN REMISIÓN HASTA SEPTIEMBRE. ¡El bofetón de mi progenitor aún no se me ha olvidado!

                                                                                                                                                                                Joaquín Copeiro

 

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