I.E.S. "MARÍA PACHECO" de Toledo

 
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La limpiadora

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L
a niña, por fin, se había quedado dormidita. Con suerte, aguantaría así un par de horas, lo que le permitiría a ella poner una lavadora antes de salir para el instituto, y planchar al menos las mudas de su marido. Menos mal que su hijo Luis era un sol: con tan sólo trece años ya le daba la merienda a la hermanita y la cuidaba hasta que ella volvía. Y además, sacaba buenas notas y todo. Como que su tutor le había dicho que era un chico excelente y muy aplicado; uno de los mejores de la clase, vamos.

–Pues hala, te dejo, que tienes mucho que hacer, hija.

Raquel colgó y apagó el móvil, porque no quería que nadie la molestara en la próxima media hora. Pondría la lavadora, sí, la pondría, tal y como le acababa de confiar a su amiga Sagra; pero antes de coger la plancha, se tomaría un cafelito y daría una cabezadita delante de la tele. En cierta ocasión, leyó a alguien que ironizaba con que la tele era una fuente de cultura, porque siempre que la enchufaban en su casa, abría un libro y se dedicaba a leer; para ella, en cambio, la tele era más bien salud, porque cuando la encendía, después de comer o de cenar y una vez acostada la niña, se echaba un sueñecito reparador frente a la serie o al concurso de turno. Y entonces era feliz, pero no sólo con esa felicidad interior que le proporcionaban el cariño de sus hijos o el amor de su marido los fines de semana, sino con otra muy benéfica que le acariciaba los párpados y las plantas de los pies, que le masajeaba la nuca y la espalda, que la hacía levitar sobre el sofá como una de esas brujas que salen en las películas.

Por cierto, y hablando de brujas o de embrujadas, no lograba entender que mujeres tan jóvenes, tan guapas y con tales superpoderes, quemaran sus vidas luchando sin ton ni son con toda suerte de seres malignos y monstruosos que, por lo demás, no existían. Para ella, los auténticos demonios eran el andamio sin red en que se jugaba la vida hasta la caída de la tarde su marido Tomás a trescientos kilómetros del hogar y ganando para pagarse la pensión y poco más, o el taller donde se quemaba los ojos su hijo Quique por cuatro perras, o el horario con que explotaban a su Laurita en ese supermercado sin entrañas y que la pobre chica aguantaba porque quería casarse, o el escaso dinero que entraba mensualmente en casa, el sueldo de ella y algo del de Tomás, y que apenas les alcanzaba para las letras del piso. Esos eran los verdaderos demonios, y no los espíritus imposibles de las películas. Esos y los del instituto.

Y hablando de los del instituto: la tenían cansada, ¡maldita sea!, realmente cansada, agotada incluso. Desde luego, tenía que reconocer que el trabajo en el instituto era seguro, y ¡tal como andaban las cosas..., la precariedad laboral y todo eso...! Pero el horario, ¡ay el horario!, siempre de tarde, era matador: no podía atender a su niñita, que quién le habría mandado nacer tan a deshora; no podía comer con Quique ni con Laurita; no podía echar una mano a Luisito en sus tareas, y eso que el Inglés y las Matemáticas se le daban muy bien cuando estudiaba, y menos mal que el chaval había salido a su padre y era más listo que el hambre; ni podía ir jamás al cine, ni a tomar unas birras con Sagra o con Charo. Las tardes en el instituto eran duras, incluidas las del viernes. ¡Cuatro plantas, a quince o veinte estancias por planta, contando las clases, los despachos de los profesores y los servicios, y unos patios enormes, con pistas deportivas y todo! ¡Y cada día, hala, a recoger bolsitas, papelitos, latas de refrescos, botellas de plástico, y a raspar los pegotes de chicle y las manchas de tipp-ex, y a barrer las cáscaras de pipas y las tizas espachurradas! ¡Y para el remate, por si era poco, a pasar las escobillas por las tazas de los váteres, que eso era lo que peor llevaba, porque todavía no había logrado vencer el asco! Curiosamente, su amiga Charo, sin embargo, solía decirles a Sagra y a ella:

–Pues a mí dejadme los váteres a cambio de no tener que limpiar las mesas de los chicos, que me pone de los nervios.

Lo único bueno del instituto era el final de la jornada, ese momento mágico en que, una vez acabada la faena, se sentaban las tres amigas, derrengadas las tres, en la conserjería, y Sagra sacaba el termo de café con leche y con azúcar que cada día, después de comer, les preparaba su madre. Y es que Sagra era un cielo, y su madre, la abuela Lupe, dos, que, desde que estaban trabajando juntas en el instituto, jamás les había fallado, ni a su hija ni a ellas, con lo del termo de café.

–¡Que mañana lo traigo yo! –decía a veces Charo, o ella misma.

–¡Que no, mujer, que no, que a mi madre no le cuesta ningún trabajo y lo hace con mucho gusto, y también vosotras nos echáis una mano cuidando a mi padre cada vez que lo necesitamos!

Es verdad que más de un domingo habían tenido que ir Charo y ella a cuidar al abuelo Paco, enfermo de alzheimer, para que Sagra pudiera acompañar a su madre al psiquiátrico a ver a su hermano; el pobre Antonio no había vuelto a recuperar la cabeza desde lo del accidente de moto.

–Lo que yo me niego es a barrer todos los días los patios y las pistas –aseveraba Charo degustando el delicioso cafelito de la abuela Lupe.

–¡Pues si tampoco quieres limpiar los pupitres... –le objetaba ella–, ya me dirás!

–¡Hombre, es que no hay derecho a que lo pongan todo como lo ponen, por Dios santo! –se quejaba Charo.

–¡Es verdad, hija, que es lo que yo digo!: ¿no hay papeleras?, ¿tanto les cuesta arrojar las bolsas y las latas a las papeleras? –se preguntaba Sagra.

Y entonces, ella sorbía un poco del reconfortante café, lo paladeaba, miraba al techo y sentenciaba:

–¡La culpa la tienen los padres, que no enseñan a sus hijos a respetar como es debido las cosas! Yo estoy harta de ver a tipos con una niña de la mano que tiran a la calle el paquete vacío de cigarrillos, o a señoras arrojando el envoltorio del bombón-helado a tres metros de la papelera de la esquina y delante del niño. Así que, ¿qué podemos esperar?

–Desengáñate, Raquel, que este trabajo nuestro es muy esclavo; pero nosotras estamos precisamente para limpiar la mierda de los demás, y por eso cobramos.

–¡De eso nada, que no deberíamos limpiar sino la suciedad que el uso diario ocasiona, y de ninguna manera el rastro intolerable de una mala educación!

Esta noche, sin embargo, los primeros compases del Para Elisa, de Beethoven, procedentes del móvil de Raquel, han roto la relativa y minúscula paz de las tres mujeres.

–¡Dime, hijo! ¿Qué le pasa a la niña? –requiere Raquel, asustada porque jamás la han llamado de casa a estas horas, aunque siempre vaya provista de telefonino por si acaso.

–Nada, mamá, tranquila, si es que no recuerdo cuándo un número es divisible por 11 y no puedo terminar la tarea de Mates.

–¡Ah bueno, hijo, eso es fácil! Un número es divisible por 11 cuando restando la suma de sus cifras pares y la suma de las impares se obtiene 11 o múltiplo de 11. ¿Eso es todo?

–¡Bueno, y también... que la niña ha vomitado la merienda!

–¡Ay, Dios...!

–Pero, nada, mamá, no te preocupes, que ya lo he limpiado todo, y a ella la he duchado y le acabo de poner el termómetro. Ahora está bien. Sólo te lo digo por si quieres llevarla al médico de guardia antes de que se haga muy tarde.

–¡Vale, Luisito, cariño! ¡Voy en seguida!

Raquel apaga el móvil y clava sus ojos en su pantalla iluminada; una lágrima emborrona la efigie de los dos ositos bajo la palabra Nokia.

–¡Este hijo mío..., este hijo mío... vale un montón! –exclama con la garganta quebrada, y al tiempo recuerda que esta misma tarde ha llenado dos enormes bolsas de basura con todos los papeles, las latas, los envoltorios, las botellas de plástico... que ha recogido de los patios; también en esta ocasión había aliviado la pesadez del trabajo pensando en sus hijos.

Joaquín Copeiro    

 

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