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pagó el televisor y miró a su hija.
–¡Hala, vete a dormir, que es tarde!
Nines le echó cariñosa un brazo por el hombro y lo besó en la mejilla:
–¡Hasta mañana, papá!
–Por cierto, Nines, ¿y el examen?
–Sí, sí, no te preocupes, que me lo sé todo.
Jaime sonrió satisfecho. Mientras recogía la mesa, pensó en Nines, en ese «me lo sé todo, papá». La verdad es que la chica nunca le había defraudado. En Primaria y en 1º de ESO siempre había ido con soltura. Por tanto, era de esperar que ahora, en 2º, Nines mantuviera el mismo nivel de rendimiento. Aunque, todo había que decirlo, este año no la estaba viendo trabajar como antes, y eso lo tenía con la mosca detrás de la oreja. Pero bueno, a ver qué pasaba con su primer examen.
Cuando terminó de recoger los cacharros, sacó unos filetes del congelador, para el día siguiente, y se sentó de nuevo a ver las últimas noticias: en Iraq habían muerto treinta y siete personas; de ellas, dieciséis eran soldados americanos, y veintiuna, ciudadanos iraquíes –libertadores y terroristas, según unos; invasores y resistentes, según otros–. Estaba difícil el mundo, muy difícil. El día menos pensado, el planeta entero saltaba por los aires y todos nos convertíamos en materia interestelar. Extraordinariamente complicado resultaba explicar a los chicos, desde su clase de Historia, por qué se había llegado a la situación actual y cómo sería el futuro más previsible. En fin, en tales circunstancias, series televisivas como Colegas o Los Santoña contribuían a rebajar las tensiones. En concreto, con Colegas él se reía mucho, al igual que Nines. Habían tomado por costumbre programar diariamente el vídeo para grabar los capítulos. Y después de comer, padre e hija se relajaban con los delirantes diálogos y con las bromas desenfadadas de los seis amigos neoyorquinos. Así llevaban varias temporadas, prácticamente desde que Julia los dejó. La serie se convirtió para él en un remedio contra la depresión y el estrés, y para la chica, en una forma divertida de aprender junto a su padre los entresijos de la amistad y el amor.
Los Santoña era otra cosa. Jaime se había enganchado a la serie porque siempre se había reído con sus actores principales. Y también, porque su nudo argumental le resultaba simpático: lo de montar una familia con chicos y chicas de procedencias distintas, y que de pronto se habían visto obligados a comportarse como hermanos, era algo ingenioso. Por eso, y porque lo pasaban muy bien compartiendo comedias de la tele, padre e hija seguían la serie con gran fidelidad, como hacían con Colegas. Sin embargo, los guionistas comenzaban a fallar estrepitosamente: no quedaba claro que una autoridad paterna basada en el respeto, el diálogo y la tolerancia obtuviera siempre resultados positivos. Y en cuanto al colegio, la cosa iba de mal en peor: Guillermo, que mantenía en casa una actitud respetuosa con su madrastra, en el colegio le buscaba las cosquillas, porque allí resultaba que era su mismísima profesora de Lengua, y no se cortaba a la hora de copiarle o de reventarle las clases. Y esto, en 6º de Primaria. Y Teté, una de las hijas, también de 6º, andaba embarcándose en unas relaciones peligrosas e impropias de su edad con un chico algo mayor que ella, llegando incluso a engañar a su madre, a mentirle. Con todo, quizá lo peor fuera el enfoque que se le daba al asunto del colegio: las clases no eran clases, eran gallineros; allí únicamente atendían y estudiaban las chicas; los chicos eran cafres, pendientes tan sólo de idear las gamberradas más infames, a veces humillantes; y el trabajo brillaba por su ausencia. ¿Era ese el modelo de educación que los jóvenes necesitaban?
Jaime apagó el televisor. Pero no se fue a la cama todavía. Encendió un cigarrillo y pensó en su hija. Creía tenerla a salvo de todas esas nefastas influencias de guionistas desaprensivos que sólo andan pendientes de los récords de audiencia. Pero, bueno, Nines no era así, nunca lo había sido. Apagó, pues, el cigarrillo y se fue a dormir convencido de que tenía la mejor hija del mundo.
¡Claro que sólo unas pocas horas tardaría Jaime en toparse con la cruda realidad, justo el tiempo que necesitó para dormir, levantarse, desayunar, irse al instituto, dar sus primeras clases y acercarse a la cafetería en busca de un café y algo de tertulia!
–Jaime, siento decírtelo –le dijo su compañera Adela, la de Ciencias, cuando lo vio–, pero he pillado a tu hija copiando.
–¡Cómo! –exclamó Jaime escupiendo ruidosamente el trago de café con que acababa de atragantarse.
–Lo que te digo: tu hija Nines, copiando como una descosida. Pero eso no es lo peor.
-¿Ah, no?
–No, porque parece ser que al comienzo del examen había untado con nocilla el asiento de Nacho.
–¿Qué dices? –explotó Jaime, y esta vez la impresión le aflojó tanto el cuerpo, que la taza se le escapó de las manos y fue a estrellarse contra el suelo.
–¡No puede ser! ¡Mi hija, Nines, convertida en una santoñita!
El resto de la mañana, Jaime lo pasó mal, tanto, que no se vio con ánimo de explicar a los de 4º las revoluciones liberales del siglo XIX y optó por encargarles una redacción acerca de las similitudes que podían encontrarse entre la resistencia de los españoles frente a las tropas napoleónicas y la de los iraquíes frente a los americanos.
Un silencio sepulcral presidió aquel día la comida de padre e hija. Pero en los postres, Jaime no pudo aguantarse más y suplicó:
–¡Explícamelo, por favor!
–¡Papá –confesó ella sollozando–, te juro que ya no vuelvo a hacerlo, ya no! ¡La culpa es de Guille!
–¿Y quién demonios es Guille?
–¿Quién va a ser, papá?: Guille Santoña.
–¿Quién dices? –se extrañó Jaime.
–¡Guille Santoña, el de la tele!
–¡Pero hija, pero hija! ¿Eso es lo que vas a aprender ahora de la tele? ¿Y por qué en vez de imitar las tonterías del personaje no imitas al actor? ¡Que te quede claro, Nines!: detrás del personaje hay un chaval formidable, que compagina estudio y trabajo, que tiene que esforzarse cada semana en aprenderse de memoria su papel, en interpretarlo según las indicaciones del director. ¿Te gustaría ser actriz? ¿Sí? Pues entonces estudia, trabaja, esmérate en conseguir una buena formación, porque la carrera de actor es muy difícil, precisa de buena memoria y vasta cultura. Ahora bien, si lo que prefieres es pasártelo bien a cualquier precio, reproducir una por una las gamberradas del tal Guille, entonces piérdele el respeto a los demás y piérdetelo a ti misma: tus profesores no son nada, ni siquiera personas, y no desean formarte; tus compañeros y compañeras tampoco valen la pena, si no es como objetos de burla; y tú, hija mía, pues eso, desciende al nivel más bajo de la escala y rebózate en la porquería, despreocúpate del mundo, que para algo está aquí papá, para darte de comer, para vestirte, para cobijarte; y olvida el futuro, que no es más que de los viejos y de los locos.
–Bueno, papá, ¿cómo voy a hacer eso que dices? ¡Ni que hubiera perdido la cabeza!
–¿Entonces?
–Llevas razón, papá –admitió ella–, que una serie no es más que eso, algo que puedo grabar y con lo que puedo divertirme una y otra vez, como hacemos con Colegas, pero...
–Pero la vida es algo singular, único, porque sólo se vive una vez, y no existe ningún mágico DVD que permita reproducirla de nuevo, ni mucho menos enmendarla. La vida hay que aprovecharla, para que sea larga y placentera, y no malgastarla en estupideces que, a la larga, conducen a bien poco y, tal vez, contribuyan a robarte el futuro, tu futuro. ¡La vida, Nines, no es una serie de televisión sin más, sino un prodigio del que somos protagonistas exclusivos!
Joaquín Copeiro






















