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os había apresado a los dos y los había llevado, con los ojos vendados, a su inexpugnable fortaleza. Parabellum quería que se jugaran la vida y el honor en la partida que él había pergeñado especialmente para ellos. De momento, Diana había sido encerrada en algún lugar maldito de la isla, mientras que Leo Vidal soportaba como podía la ausencia de su amada encadenado en el fondo de una lúgubre mazmorra. Las dudas sobre su suerte y la de su chica lo atormentaban más que el roce torturador de los grilletes. Tenía hambre y sed, y el desfallecimiento amenazaba con desmadejarlo. Los dos tipejos que guardaban las puertas de su celda lo miraban impertérritos. Leo Vidal estaba a punto de sucumbir a la tentación de pedirles por favor agua, cuando una musiquita sobre su cabeza le indicó que alguien se disponía a hablarle a través del interfono.
— Oye, tú, fulano. Tengo a tu chica. Pienso ligármela. Me gusta jugar contigo. Me gusta jugar con ella. Te juegas la vida. Te juegas la de ella. Si gano, te mato y me la quedo. Si ganas, os largáis de aquí. Te van a quitar la cadena. Si eres listo, sales. Si no, ya sabes. Me gustan los tipos listos. Son las diez. Tienes hasta las dos. Hay cuatro pruebas. Y al final, Diana. O si no, la muerte. Superar la primera prueba te permitiría salir de aquí. No creo que lo consigas. Si sales, te encontrarás con la siguiente. Si no, la muerte. Presta atención. En tu celda hay dos puertas. Una es falsa y otra verdadera. Están guardadas por dos de mis hombres. Uno miente siempre. El otro no miente nunca. Si eres listo, podrás salir. Sólo se te permite hacer una pregunta a uno de ellos. Existe esa pregunta. Si eres listo, darás con ella. Si no, ya sabes, fulano.
La celda quedó en silencio y Leo Vidal sintió una pastosidad enfermiza y febril en su boca. Uno de los guardianes se aproximó a él y lo liberó de los grilletes. Luego, el tipo se volvió a su sitio. ¿Sería ese el embustero? A punto estuvo de preguntárselo. Pero se contuvo, porque Leo Vidal sabía que Parabellum no se andaba con chiquitas y que, cuando amenazaba, lo hacía con un deseo enloquecido de cumplir su amenaza. También sabía que Parabellum, a pesar de ser el mayor asesino del Planeta, era un tipo de palabra. Por tanto, era preciso relajarse, tranquilizarse y, en la seguridad de que el enigma tenía solución, tal y como su enemigo le había asegurado, tomarse un tiempo para dar con ella.
Leo Vidal, libre de las cadenas, se masajeó las muñecas, los tobillos, y se desperezó hasta sentirse más él mismo. Después se encaró con uno de los guardias y lo miró a los ojos, como queriendo descubrir qué tanto de verdad o mentira sustentaba su mirada. Luego hizo lo propio con el otro guardia. Pero en seguida se retiró al fondo de la celda y se sentó en el suelo, con los codos apoyados en las rodillas y las manos sujetando la cabeza. Al cabo, sudando, mirando el reloj, soliviantado porque había consumido una hora del tiempo disponible, se incorporó, se dirigió a uno de los guardias y, con un aplomo sólo explicable por la seguridad de haber dado con la solución del problema, le preguntó:
— Oye, sicario, ¿qué me respondería tu compañero si le preguntara que cuál es la puerta auténtica?
— Pues que es la que él guarda.
Y ante las miradas estúpidas, como de no entender nada, de los tipos, Leo Vidal se fue decidido, sin embargo, a la puerta que vigilaba el que le había contestado. (Por cierto, como sé que tú, lector, o lectora, eres bastante más inteligente que los guardias, tanto al menos como Leo Vidal, me atrevo a suponerte capaz de reproducir el proceso deductivo que ha conducido a nuestro héroe a superar esta primera prueba: ¡inténtalo!). Y salió por ella como una exhalación.
Leo Vidal respiró profundamente el aire del mar que le llegaba por encima de las montañas y a través del valle, aunque lo agobió un tanto el calor húmedo y pegajoso del ambiente. Luego, echó a andar por el único camino posible y que lo condujo hasta un río, el río. Cuando llegó a la orilla, Leo Vidal se encontró con una cabaña, a cuya puerta había una botella de agua potable y un sobre pinchado al corcho de la misma. Leo Vidal retiró el sobre y el corcho, y bebió con una avidez desmedida porque la sed y el calor lo tenían hecho polvo. A continuación, más sosegado, lanzó al río la botella y abrió el sobre:
«SÉ QUE TIENES HAMBRE. SÉ QUE QUIERES COMER. SÉ QUE LO NECESITAS. ADEMÁS, QUIERES VIVIR Y QUITARME A DIANA. ESTA ES TU SEGUNDA PRUEBA. SUPÉRALA O MUERE. ESTA VEZ MORIRÁS. ESTOY SEGURO. TIENES QUE CRUZAR EL RÍO. EN LA CABAÑA ENCONTRARÁS UNA SUCULENTA TORTILLA DE ESPINACAS. ¡QUIETO, INSENSATO! ¡MIS HOMBRES SE ENCARGARÁN DE QUE NO TE LA COMAS TODAVÍA! ANTES, TIENES QUE CRUZAR EL RÍO. DISPONES DE UNA BARCA. NO IRÁS SOLO. TIENES QUE LLEVARTE CONTIGO LA TORTILLA. TAMBIÉN EL PERRO Y LA CABRA QUE ESTÁN EN LA CABAÑA. HAS DE CRUZAR A LOS TRES A LA OTRA ORILLA. PERO DE UNO EN UNO. EL PERRO Y LA CABRA ESTÁN HAMBRIENTOS. MAS YO MISMO ME HE ENCARGADO DE ADIESTRARLOS. EL UNO SÓLO COME CABRA. Y LA CABRA, SÓLO TORTILLAS DE ESPINACAS. PARA TU SUERTE, A NINGUNO LE GUSTA LA CARNE HUMANA. CUANDO TÚ ESTÉS PRESENTE, AMBOS AYUNARÁN. CONTIGO DELANTE, PUES, ESTARÁN A SALVO LA CABRA Y LA TORTILLA. AHORA, ENTRA EN LA CABAÑA. MIS HOMBRES ABRIRÁN LAS JAULAS. TODO, ENTONCES, DEPENDERÁ DE TI. INTENTA ATRAVESAR EL RÍO CON LOS TRES. ¡OJO! ¡RECUERDA! ¡DE UNO EN UNO! SI LO CONSIGUES, TUYA ES LA TORTILLA. PODRÁS COMÉRTELA. SI NO, YA SABES, IMBÉCIL».
Cuando Leo Vidal penetró en la cabaña, dos fornidos guardias, con caras de pocos amigos, le apuntaron con sus armas. En medio del recinto, una tortilla se le ofrecía apetitosa desde una mesita. Leo Vidal sintió que el deseo le desencajaba el ánimo. Pero los dos matones levantaron sus fusiles y nuestro héroe se contuvo, resignado a proseguir con su forzado e insufrible ayuno. Mientras uno de los hombres le apuntaba amenazador, el otro descorrió una cortina y dejó ver dos jaulas con un perro que daba miedo y una cabra que tampoco se quedaba atrás. Los dos animales exhibían fauces amenazadoras y unos ojos desorbitados que causaban pavor. ¡La cabra también, vive Dios! Cuando el guardián se dispuso a abrir las jaulas, Leo Vidal no pudo reprimir un escalofrío que lo recorrió de arriba abajo por la espalda, hasta el punto de que el vello se le erizó sin control. No obstante, las dos bestias, una vez libres, clavaron sus miradas, la cabra en la tortilla y el perro en la cabra, pero se mantuvieron inmóviles, controlados disciplinadamente sus instintos más elementales. Leo Vidal sabía de sobra que Parabellum no mentía jamás y, por tanto, estaba seguro de que el comportamiento de los animales sería exactamente como su enemigo le había descrito en el mensaje de la botella. Así que, tomándose un par de minutos para pensar y sin perder más tiempo, que la vida de Diana peligraba y su estómago tampoco estaba para aguantar mucho más, cogió la cabra y se dirigió con ella hacia la barca de la orilla del río.
Pasados unos tres cuartos de hora, Leo Vidal devoraba con auténtica fruición la tortilla de espinacas y se acordaba, con ello, de su difunta madre, que la hacía como nadie, con unas patatitas que le daban más enjundia, ¡vamos! Mientras, un guardián se había hecho cargo de los animales. Cuando nuestro héroe terminó de comer, miró al cielo y un poderoso eructo, telúrico diría yo, estalló entre sus labios, expelido por la doble satisfacción de haber comido y de haber superado con éxito la segunda prueba. (Y tú, amado lector, lectora amada, ¿serías capaz de deducir cómo logró Leo Vidal atravesar el río con su triple y conflictiva carga? Ya tienes una pista: ¡hay que empezar por la cabra! ¡Suerte!).
Una vez recuperado, Leo Vidal se incorporó y miró al camino que se abría delante de él. Un letrero en tinta roja y una flecha no dejaban lugar a la duda: ¡POR AQUÍ, PERO MORIRÁS, CERNÍCALO! Leo Vidal no perdió tiempo y, a paso firme, tomó el sentido que la flecha le indicaba. Unos dos kilómetros más allá, interminables por cierto, la boca de una cueva engullía el camino como si de un espagueti kilométrico se tratara. La cueva estaba iluminada, y en el centro de la misma, una suerte de luchador de sumo, mitad energúmeno mitad buda, llamó su atención. Las paredes de la cueva estaban salpicadas de lápidas con extrañas inscripciones; excepto una pared, en la que sólo se distinguía una única piedra blanca y sin ninguna inscripción. Delante del bicho, una bandeja, y detrás de él, una estantería con un par de libros; en la bandeja, una tableta de chocolate de dieciocho porciones organizadas en tres filas horizontales y seis columnas, tal y como muestra la ilustración:
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Leo Vidal se acercó, miró la bandeja, el chocolate y las napias del mastodonte, el cual abrió la boca y, con voz de ultratumba, dijo:
«ESTA TABLETA TENER VENENO EN CUADRO BLANCO. NOSOTROS SEPARAR, POR TURNOS, TROZOS DE TABLETA. SÓLO PODER ROMPERLA POR LÍNEAS HORIZONTALES O VERTICALES, Y SÓLO PODER ARRANCAR TIRAS COMPLETAS. TÚ EMPEZAR Y COMER. SI TÚ PERDER, MORIR ENVENENADO. SI TÚ GANAR, YO ENTREGARTE SOBRE CON LA ÚLTIMA PRUEBA, COSA QUE MI SEÑOR DUDAR».
Nuestro héroe se quedó paralizado. Le apetecía endulzarse el mal trago con aquel chocolate que tenía toda la pinta de ser Elgorriaga, como el de su tierna y alegre infancia, el de los cromos. Pero, ¡diantre!, eso de morir por Diana envenenado no le hacía ninguna gracia. «Bueno, bueno, pues a pensar se ha dicho, que solución ha de haber!», se dijo. Y la halló, ¡ya lo creo!, que al cabo de un tiempo incalculable de intensa meditación, cogió la tableta, la partió por el medio en sentido vertical, es decir, que la rompió por la línea entre la tercera y la cuarta columna, y le dio al bicho la mitad con el veneno. La otra se la comió y se estuvo relamiendo con ella durante el resto de la mortal partida. Pero acabó la partida, una partida difícil en la que tuvo que poner a prueba toda su capacidad deductiva para, adivinando cada paso de su contrincante, dar con precisión, y uno a uno, todos los que lo salvarían de la muerte. Y se salvó, porque el bicho se quedó finalmente con la última porción, la del veneno, y no tuvo más remedio que entregarle el sobre con la prueba siguiente.
(Seguro que tú también te comerías la tableta entera, con lo que te gusta el chocolate. Pero ¿cómo? ¿Qué particiones harías a continuación, dependiendo de cómo jugara el energúmeno? ¿Y si el buda del sumo no respondiera según tus previsiones? ¡Responde, responde! ¡A ver si aciertas!).
A punto estaba nuestro héroe de abandonar la carrera de obstáculos hasta Diana, porque, después de haber bebido, haber comido y haberse endulzado el bigote, y es un decir, pues no tenía bigote, sintió que las ganas de luchar se le escapaban y que, en su lugar, un regusto placentero lo invitaba a echarse una siestecilla al cobijo de la cueva, tan fresquita. Pero pensó en su chica, en salvarla, y en que también le iba en ello su propia vida. Además, siempre había sido un caballero español; así que se dijo: «¡Adelante con los faroles, Leo!». Y abrió el sobre. En su interior, un mensaje: «COGE LOS LIBROS: EN LA ÚLTIMA DE UNA TIENES LA CLAVE».
¡Ahora sí que se sintió perdido! ¿Qué sería la última? ¿La última qué? ¿Una qué? Leo Vidal pensó en Diana. Recordó sus besos, sus caricias, la limpidez de su mirada marina, y se armó de valor. Se acercó a la estantería que había detrás del buda y tomó en sus manos los dos libros que en ella había. Se trataba de Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer, y una Antología poética, de Luis Cernuda. Y entonces, el rostro de nuestro héroe se iluminó con el hermoso resplandor de una sonrisa de satisfacción, porque pensó que, por fin, iba a poder sacarle partido a los sobresalientes que durante el Bachillerato había ido sacando en Literatura. Es cierto que con alguna vaguedad, pero aún se acordaba de la existencia de una estrecha relación entre el autor de las Rimas y el insigne poeta de la Generación del 27. Es verdad que no acertaba a precisar en qué consistía esa relación. Pero en el momento en que leyó el índice de la Antología poética y repasó los títulos de los libros en que se apoyaba, Leo Vidal dio con la solución, o con el primer paso hacia la misma. Luego, hojeó el libro del insigne vate neorromántico y llegó a una conclusión: estaba seguro de que el mensaje se refería a la última estrofa de una de las rimas, y acababa de averiguar de qué rima se trataba; la buscó, encontró que era la LXVI y, en su última estrofa, halló la clave. (Intenta tú, armado de tus conocimientos literarios, y, si no los tienes, investiga, demonios; intenta, digo, pensar como Leo Vidal, seguir el camino de su lucidez). Miró entonces el reloj, se asustó porque apenas faltaban cinco minutos para la hora límite, recorrió visualmente la cueva y se precipitó anhelante hacia la pared de la piedra solitaria. Luego empujó la piedra y ésta, pivotando sobre una de sus aristas, se abrió. De un recinto iluminado, emergió Diana que se le lanzó al cuello y le regaló un beso de película, ¡por listo! Leo Vidal la tomó de la mano y se dirigió escapado hacia la salida de la cueva. En la puerta, un Parabellum frustrado y de torva mirada se mesaba con desesperación los cabellos, al tiempo que le ofrecía su helicóptero particular para que abandonaran la isla. Leo Vidal se volvió a él y, después de dedicarle una sonada pedorreta, subió, con Diana, tranquilos ambos y felices, al aparato.
Joaquín Copeiro






















