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«Pero el cocido, ¡cómo estaba el cocido! ¡El tocinito, la morcillita, el complemento directo, el choricito, el meloso, el complemento circunstancial, el pan candeal, el complemento del nombre! ¡Qué pringue, Dios qué pringue, qué núcleo de sujeto! ¡Y yo con un examen, que para qué demonios me valdrán todos estos complementos y estas historias, si yo lo que quiero es trabajar en una peluquería y empaparme allí de todo lo que se cuece en el barrio! Bueno, pues nada, cocido, digo Lengua, y yo que ya no aguanto más, que se me cierran los ojos, que se me cae el libro, que esos tacones del pasillo son de mi madre, que ya viene a liármela, que...»
—¿Estás estudiando el exameeen? ¿Te sabes ya las oracioneees?
Pero por suerte, el taconeo de la madre se alejó hacia la puerta de la calle. Los goznes de la puerta chirriaron, porque se abrió. El portazo siguiente le indicó que su madre se había ido y que la casa y la tarde quedaban a su entera disposición. Así que cerró de golpe el libro, se incorporó en la silla y, en la seguridad de que una buena siesta le sería más productiva y saludable que el estudio de las oraciones, saltó como un resorte a la cama con la intención de no abrir los ojos hasta la hora del telediario de Milá. Sólo que no imaginó que el lugar del lecho sobre el que debería aterrizar su cuerpo estaba ya ocupado por su gato. Así que un maullido sobrecogedor lo despertó de golpe. Cuando se incorporó en el lecho y miró al minino, este, con la lengua fuera y los pelos de punta, yacía convertido en un vulgar felpudo.
Joaquín Copeiro






















