(Este es el discurso pronunciado por Joaquín Copeiro ante sus compañeros del I.E.S. María Pacheco al final de la cena de fin de curso 2008/09, con motivo de su despedida de la labor docente para dedicarse plenamente a su pasión, la escritura literaria. ¡Hasta siempre, Joaquín!)
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l día en que yo nací, hacía diez años que había terminado
Mi madre, siempre delgada y sin una cana, como yo, me enseñó muchas cosas a lo largo de sus noventa y seis años de vida; pero ahora quiero destacar dos especialmente: en primer lugar, de ella aprendí a respetar a los demás, admiradores o detractores, amigos o enemigos; y en segundo lugar, y esto ya en la época del mando a distancia, ¡claro está!, me enseñó a apagar la televisión, con sumo respeto, eso sí, cuando lo que dijera el bocaza de turno no me convenciese. Y así lo vengo haciendo de un tiempo a esta parte: ¡me va de maravilla!
Hasta los dieciséis años los pasé en Extremadura, y de allí acuden de cuando en cuando a mi memoria un pueblo precioso, el cocido de cada día, el amigo de mi infancia, el mejor profesor que jamás he tenido y que supo interesarme por las matemáticas y por las ciencias, los tebeos del Capitán Trueno, las aventuras de Robinson Crusoe y un par de ojos verdes como el mar, que iluminan el arranque de mi primera novela.
El mismo día en que cumplí los dieciséis, aterricé en Toledo, y aquí he vivido desde entonces. En esta ciudad, de la que muchos reniegan, pero que a mí me encanta, me hice chico de PREU. Luego me largué a Madrid porque querían que estudiara la carrera de ingeniero, como mi abuelo
materno. Pero ¡qué va! En Madrid, la represión política de
Tras la mili –¡la puta mili, se decía!–, logré colarme en esto de la enseñanza. Primero en Oropesa, en un centro recién creado de Formación Profesional, que más que centro de lo que he dicho, se trataba de un garito desangelado y surrealista de deformación aprofesional: el salón de actos de un convento de monjas lo habían partido en dos por un tabique –un aula para los de administrativo y otra para los de electricidad–, y el escenario era la sala de profesores; en invierno nos calentábamos con una mesa camilla y un brasero eléctrico, y los alumnos de administrativo practicaban la escritura a máquina sobre un teclado pintado en un folio, porque no había máquinas. Aquel fue el curso en que se aprobó la vigente Constitución. En junio me casé. De Oropesa recuerdo que yo tenía un dos caballos. Gentilmente se lo presté a una compañera joven y soltera para que se solazara por esos caminos de Dios con su novio que hacía la mili y estaba de permiso. La compañera no acabó el curso, porque se quedó preñada, sin duda que como consecuencia del arrebato que probablemente sufrieran los jóvenes enamorados sobre la tapicería de mi encantador Citroën.
En Ocaña, Formación Profesional también, aprendí que si con treinta años te zampas a media mañana una tortilla de patatas con otros tres compañeros, ni cunde el colesterol, ni, lo que es mejor y más conveniente, tampoco se te decae el ánimo con la puesta de sol en casa de tus suegros, aunque te hayas tragado cien kilómetros para ir a trabajar. ¡La tortilla de patatas a media mañana reconforta al más exigente de los currantes! De Ocaña tengo dos recuerdos imborrables: el primero, el kilo de lentejas que me regaló un alumno, agradecido sin duda por el trato que yo le venía dispensando. El chico me abordó a la puerta del centro: «Don Joaquín, don Joaquín, esto es para usted, que mi hermano trabaja en una fábrica de envasados; pero no se lo diga a nadie». Era uno de los chavales más simpáticos y entrañables que he conocido. Se llamaba Benito. Desde aquel día, Benito ha representado para mí, y hoy continúa desempeñando el mismo papel, a todos los alumnos y alumnas que me han favorecido con su estima, y a quienes he intentado corresponder con la mía. Y el segundo recuerdo fue que, estando yo en la sala de profesores, llegó otro alumno con una caja de polvorones para el director. Seguramente frente a mí se sintió cogido en un renuncio, lo comentó con sus padres y al día siguiente me regaló otra caja de lo mismo, para que la idea de haber sido discriminado no turbara mi espíritu. Yo, tan feliz con los polvorones; pero hoy sólo pervive en mi mente el nombre de Benito, el de las lentejas, quien andará ahora por los cuarenta y tantos.
Ese verano aprobé la oposición y me fui a Mora. Año histórico: el tejerazo del
En el Juanelo Turriano ejercí la docencia durante doce cursos. Allí hubo momentos muy malos, de endiabladas disputas, de choques frontales entre reformistas y contrarreformistas –¡eran los años ochenta!–; pero también los hubo muy buenos, y de tal calidad, que borraron los malos. En el Juanelo fui feliz profesionalmente. ¡Cómo olvidar aquel grupo de muchachas en flor de la rama sanitaria que al comienzo de la clase me pedían cinco minutos para acicalarse, minutos que yo, en la lozanía aún de los treinta, les concedía encantado, y que ellas aprovechaban para repasarse el color de labios y ojos, porque así se alimentaba la motivación de los presentes, y el Romanticismo o
los más variopintos especímenes en la sala de profesores, juegos florales de primavera, competiciones de lanzamiento de peonza y paellas de confraternización, conocí a Victoria, tan franca y dinámica como hoy, y a quien le ruego que no continúe perdiendo kilos, y a Fernando, que enseguida se encargó de organizar una peña gastronómica, como está mandado, y a quien así mismo le pido que desista de seguir ganándolos, los kilos, digo. Lo peor del Juanelo fue que al final tuve que vivir mi primera despedida. Digo despedida, un hasta siempre, amigos, y no un me voy de aquí, ya era hora. Y las despedidas no me han gustado nunca; por eso, hubiera dado un riñón –¡un huevo no, por Dios, que tal ofrenda sería demasiado gravosa para mi integridad!– por evitar la de hoy. Y hablando de huevos y de ofrendas, recuerdo el chiste en que un fumador, al que el estanquero le ofrecía un paquete de cigarrillos con un cartelito que advertía de que «el tabaco puede producir impotencia», se lo devolvió fuera de sí reclamándole que a él le diera de los que producen cáncer, «¡haga el favor!».
Del Juanelo pasé al Sefarad. No es por nada, y tal vez no tenga relación una cosa con la otra, pero me salió una úlcera de estómago. Y al poco tiempo, me quitaron la vesícula y me rajaron la tripa. Menos mal que por allí, por el Sefarad digo, que no por mi tripa, andaba gente como Emiliano, Pedro Leal, Luis Orgaz, Carmen, Amparo, Gabi, o Roberto y otros, inolvidables los más, que hoy no cito. También es cierto que, si mis dos hijos los tuve mientras trabajaba en el Juanelo, las primeras publicaciones de mis libros las viví en el Sefarad. Y Emiliano, a la sazón director del instituto, de inmediato ordenaba a quien correspondiese que adquiriera para la biblioteca una docena de ejemplares del libro recién editado. Trabajar en el Sefarad tenía para mí un aliciente incomparable: ir cada día al instituto suponía pasear por la judería, y a veces me detenía en la verdulería de mi amigo Félix. Ya murió: un cáncer de ojo le comió la mitad de la cara. Pero Félix decía un chascarrillo cuya declamación yo le encarecía una y otra vez, y que no me resisto a recitaros:
Quienes he citado antes del Juanelo y del Sefarad, y aquí, el que suscribe, nos vinimos al María Pacheco. Y en este instituto pasé a ser definitivamente Copeiro. Acudir aquí a dar clases me ha supuesto cruzar el parque un par de veces cada día, y tal experiencia, por la mañana, sea otoño, invierno o primavera, es de lo más gozoso que pueda imaginarse.
Antes de acabar, me gustaría haceros un par de regalos, literarios, por supuesto. El primero es el célebre poema de Cavafis titulado Ítaca. Me parece que en él se recoge un buen consejo para la vida, para los años que os quedan de profesión y de todo lo demás. Dice así:
Como es natural, podría objetárseme que por qué entonces dejo esto. ¡Ahí va mi respuesta!: he arribado a puerto, en efecto; pero presiento que aún no he tocado mi destino; por eso ahora me dispongo a hacerme de nuevo a la mar para navegar rumbo a la Ítaca de mis sueños: pretendo escribir y publicar cuarenta libros en los próximos cuarenta años, o morir en el intento.






















